Fue un viento de mil
bocanadas rojas, lenguas de fuego.
Pétalos de
libertad nadaban hacia delante buscando.
Tenían forma de
signos, de
espirales al cielo encendido, de
mundos florecientes.
Eran círculos
abiertos,
cada mundo en el ala de una mariposa, en
el canto de un pájaro,
en la sonrisa de un niño.
Las cuerdas que
hicieron sonidos abiertos,
o mejor todavía,
que hicieron sonidos que abrían,
que rajaban lo
uniforme y cerrado,
convertían lo seco en
húmedo y lo liso fue
una piel de pan
rallado y la lagrima con gusto a sal
fue ola de caramelo y pantomima de payaso,
y mil globos de
colores para un niño triste.
¿Pero cuando se
cristalizo la nube azucarada,
cuando fue piedra le idea voladora?
No lo sabe.
Quizás cuando la abeja
no fue más que una obrera que recolecto el polen para hacer la miel. La miel de
sus días, la miel con gusto a vida que chupan los otros.
Ya no florece en él,
ya no.
Perdió el deseo de ser
flor, de dar vida con aroma a jazmín.
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