viernes, 24 de febrero de 2012

a Luis Alberto


Es nada, lo que no existe no es. Es: es ser él cuándo el ser es.
Es verbo, y no sujeto. Es aire y sonido, accionar, chasquido de piedras, chispa de sol, fuego de agujas.
Tú te preguntas. Muy bien, claro. Desde que momento se rompe, se florece y se es. No la tienes la respuesta. Es frío como el silencio tu esperar. Gas oliendo a sangre que asfixia tus neuronas, y es que te nubla  los ojos la idea, tal.
¡Tú!  El niño fue. ¿Fue lo que el niño era? ¿Y lo que fue el niño, es expansible a tu figura? Hombre arrogado a las sombras de la oficina. Del yo y el mí mismo. El desdoblamiento, desgajo del ser. Su incompletitud. Inciertas transformas de sensaciones palpitantes, paralelas y a la vez A- temporales. ¿El yo se demuestra  en la exposición del ser a los otros? ¿es?  ¿Nace y muere en cada una de esas recreaciones?
Hombre de las sombras callantes que atisba  lo que el niño fue. ¿Que ha sido de aquel?
Son lo mismo. ¿Puedes respirar su aire, hombre? ¿Puedes consolar algo de lo que el niño sintió?  ¿Sabes- con un saber del recuerdo o de las sensaciones- como dolió cuando te caíste por primera vez de la bicicleta en el patio de tía Esther, no recuerdas en él floreciendo todos los dolores que fueron y serán de ti? No lo pierdas. La sal del chocolate, tus dedos laten la yema de su encanto.  Vuelve allí, ahora. A través de ese puente amarillo, azul transparente la nube de corales unicornios. Virgen cenicienta no te vayas en arrugas té con leche de un recuerdo.
Porque un día los ojos serán  las puertas del universo. Tan inmenso, tan, pero tan como el corazón de un higo, esos de la higuera de la casa de tu primo. Así será nuestro universo un buen día, un dulce higo. Y la miel nuestra catarata para respirar su tierno aroma. El de su boca esa pecera, cuando estalla en cardúmenes fulgurantes de fuxia respirar. De tu lengua que se hace mil centellas y cosquillas en la mía, tu boca.

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